¿Es bueno para un cristiano ver anime?

“Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo… De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.” Romanos 14:10,12

Muchas veces he escuchado y me he hecho a mi mismo esta pregunta: ¿Será bueno para un cristiano ver anime?… Algunas personas dicen que el problema es que el anime está lleno de brujerías y “cosas satánicas”, otras personas piensan que eso no es así, porque de todas formas para la mayoría de los propios japoneses hablar del “diablo” no tiene mucho sentido ya que ellos no creen en él. Así que, ¿Cómo podemos abordar este tema controversial?, ¿Tiene algo que decirnos la Biblia al respecto?, ¿Interesado?, ¡Vamos a verlo por nosotros mismos en la Palabra de Dios!

Anime = Comida

Ok, antes que pienses que estoy un poquito loco por decir que el “Anime” es lo mismo que la “Comida”, te pediré que me dejes explicarte el punto.

Este estudio está basado en Romanos capítulo 14 hasta el 15:1-6, cuyo contenido temático es “Los Fuertes y los Débiles en la Fe”; en este tema dirigido a los Romanos, iglesia mayormente compuesta por “gentiles”, es decir a personas que “no eran judías” (así como la mayoría de nosotros),  el apóstol Pablo nos orienta acerca de algo que en ese contexto era muy importante, y cuya aplicación puede trascender los siglos hasta el día de hoy respecto al popular “Anime”.

La situación era la siguiente, en aquella época las personas solían ofrecer sacrificios a ídolos y dioses paganos, la carne de los animales que eran ofrecidos en sacrificios era de mucha calidad, por ser lo mejor de lo mejor; pero a la vez era considerablemente más económica, por el mismo hecho que ya había sido sacrificada y no era atractiva para comer. Piénsalo, carne king quality a precios de gallo muerto, que buen negocio, ¿Cierto?

Así que, muchos cristianos se hallaban en el predicamento de: ¿Puedo comer de esa carne ofrecida a ídolos paganos?, ¿Me contaminaré con ella?, ¿Qué pensarán de mí los demás si me ven comer?, y ya te podrás imaginar. Quizás ya notaste todas las similitudes que existen entre el Anime y la Comida ofrecida a los ídolos, al menos encuentro las siguientes que me parecen fundamentales para poder hallar la enseñanza de Dios en esta porción bíblica, y es que tanto la Comida como el Anime comparten lo siguiente:

  • Ambas, de alguna forma, entran a nuestro ser.
  • Ambas podrían tener un pasado “ofrecido a ídolos”.
  • Si participo de ambas podría ser visto como un “cristiano inmaduro” o “poco comprometido”
  • En realidad, tenemos plena libertad en Dios de examinar y decidir sobre el contenido de ambas.

¡A Aprender!

Ahora bien, teniendo muy presente la comparación de que donde diga “El que come” pensemos en “El que ve anime”, leamos el siguiente pasaje:

“El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido. ¿Tú quién eres, que juzgas al criado ajeno?” Romanos 14:3-4a

¿Ves el punto?, ¡Hay un aprendizaje muy bueno para ambos tipos de personas! Ya sea que veamos o no veamos anime, tenemos algo vital que adquirir de aquí. Lo realmente importante es que debemos aprender a NO juzgarnos entre nosotros mismos por este tipo de cosas. Como dice el verso 12, al final cada uno dará cuentas a Dios de sí mismo y Dios mismo es quien nos ha recibido a todos, pecadores, como somos; así que, ¿Quiénes somos para juzgarnos? ¿Somos Dios acaso?

Y para terminar de dar en el punto, por sí quedaba alguna duda, el apóstol Pablo recalca:
“Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es.”
Romanos 14:14

¿Eso quiere decir que puedo ver el anime que quiera y de hecho no pasa nada? Pues sí… pero no,… aunque, en efecto, así es. ¡Espero no haberte confundido! ¡Jajaja!

Lo que sucede es lo siguiente: Tú puedes tener fe y decir “para mí no significa absolutamente nada ver este anime” y está bien, en verdad que no hay ningún problema con eso, pero por un pequeño instante piensa en aquellas personas que te rodean para las cuales sí significa algo negativo. ¿Serás un buen ejemplo para ellos? Pues no. Entonces ya no andamos conforme al amor, porque el amor NO busca lo suyo.

“Pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió.” Romanos 14:15

¿Ves lo delicado qué es andar en amor?, muchas veces pensamos que el amor es solamente un sentimiento bien bonito que podemos experimentar cuando nos enamoramos de alguien, queridos amigos, eso es solo una pequeñísima parte de lo que realmente amor es. Amor es tomar decisiones en favor de las demás personas que amamos. El amor se expresa a través de acciones concretas en beneficio de otros, así como Jesús nos enseñó. Ah y también, el amor conlleva sacrificios.

Así que, debo decirte que sí tienes fe para ver anime y que no te suceda nada al respecto (aunque en realidad hay muchísimo anime que es muy bueno y no tiene nada de malo) pues te recomendaría lo hicieras para ti mismo, porque también debes tener consideración hacia tus otros hermanos que pueden flaquear al ver tu ejemplo, leamos como continúa el tema:

“Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.”
Romanos 15:1-2

Entonces no es importante ver o no ver anime, lo trascendental es que todos juntos busquemos agradar más a Dios con nuestras acciones en nuestro diario vivir. Así que, no entres en discusiones sobre sí está bien o está mal ver o no ver anime, simplemente está mal para la persona que piense que está mal, y para el resto no hay problema… Así de sencillo,… pero recuerda que debemos enfocarnos en glorificar a Dios con nuestras vidas y parte de eso es vivir en amor y paz con los demás.

¡Que delicioso aprender sobre temas actuales en la Palabra de Dios escrita hace tanto tiempo!

“Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza.” Romanos 15:4

¡A Considerar!

Ahora bien, también debemos analizar brevemente lo siguiente. Dios nos da la posibilidad de evaluar todo lo que vemos, por esta razón 1 de Tesalonicenses 5:21-22 dice “Examinadlo todo; retened lo bueno. Absteneos de toda especie de mal.” 1 Tesalonicense 5:21-22

Es precisamente por ésta razón que no podemos afirmar que “todo” el anime es “bueno” o que “todo” el anime es “malo”, hay muchísimas series que enseñan valores bastante buenos, como ser la lealtad, el servicio, el compañerismo, el respeto, etc. Así como también podemos ver otros malos ejemplos en otras tantas series; así que debemos tener el suficiente discernimiento para saber que está bien y que no está bien, ¿Lo ves?

Un último consejo, es recomendable que sí te gusta mucho ver anime te auto regules el tiempo que dedicas a esa actividad, comprendo muy bien lo que se siente querer ver más capítulos y más capítulos cuando una serie se pone muy buena; sé que puedes enviciarte y francamente es muy divertido, pero sabemos que Dios nos enseña a que utilicemos bien nuestro tiempo, mira:
“Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos.” Efesios 5:15-16

Sí tienes comentarios acerca de esto, ¡No dudes en hacerlos!, ¡Estamos para servirte!
¡Que Dios te bendiga!

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El ejercito de sacerdotes

Los creyentes somos nación santa y real sacerdocio. Somos elegidos por Dios y por tanto debemos marcar la diferencia en este mundo. El presente artículo nos enseña que como nación de sacerdotes estamos llamados a ser evangelistas, ministros de sanidad, misioneros y profetas. Un llamado para sanar un mundo enfermo y necesitado del amor y del poder de Dios.

Un sacerdote es un canal de perdón, gracia, misericordia, sanidad. Un sacerdote provee cuidado pastoral. Este es el llamado que Dios ha hecho a todos los creyentes. El primer paso, entonces, en ayudar a las personas a involucrarse en un ministerio es recordarles ese llamado, que son «sacerdotes».

Hace más de una década, visité una interesante iglesia en la ciudad de Chicago. Mientras que en la mayoría de las iglesias de esta ciudad los sermones dominicales resonaban en auditorios casi vacíos, los sermones del pastor de esta iglesia llegaban hasta los oídos de cientos de personas domingo a domingo. Obviamente, era una iglesia poco común. Las personas sencillamente no se limitaban a dar sus ofrendas y a esperar que el pastor hiciera todo el trabajo. Ellos creían que habían sido llamados a ministrar y que por el poder de Dios podían hacerlo.

Tuve la oportunidad de conversar por un buen rato con el pastor. «¿Cuál es el secreto de su éxito?»

«Sencillo —me respondió—, solo le digo a la gente quienes son: escogidos por Dios, sus hijos, sus sacerdotes. No los avergüenzo por quienes no son; les digo quienes son.»

En ese momento, me prometí que si alguna vez regresaba al pastorado, iba a recordar eso. De hecho, sí regresé, y cumplí mi promesa. Le he estado diciendo a la gente quienes son, y funciona. Permítame usar mi experiencia como ejemplo.

Un reino de sacerdotes

Justo después de que Dios le diera a Moisés la Ley, lo instruyó a que le dijera al pueblo que eran un reino de sacerdotes (Éxodo 19.6). El Nuevo Testamento repite ese tema. Pedro se refiere a los creyentes como un sacerdocio santo y real (1 Pe 2.5,9). Al final de la Biblia, también se repite que los cristianos son llamados a ser un reino de sacerdotes (Apocalipsis 1.6).

Principalmente, un sacerdote es una persona que media entre Dios y otra persona. Un sacerdote es un canal de perdón, gracia, misericordia, sanidad. Un sacerdote provee cuidado pastoral. Este es el llamado que Dios ha hecho a todos los creyentes. El primer paso, entonces, en ayudar a las personas a involucrarse en un ministerio es recordarles ese llamado, que son «sacerdotes».

En su mayoría, Jesús no escogió como sus discípulos a los más altamente entrenados y bien educados. No es que escogiera a personas poco calificadas; creo que esos doce eran los más calificados. No tuvieron que romper con el hábito de otras disciplinas. Por lo menos tres eran pescadores, y uno era un empleado del gobierno, pero ninguno de ellos pertenecía al clero (es decir, ninguno era maestro de la ley, o rabí).

Estos son los hombres a quienes Jesús les dijo: «Yo os haré pescadores de hombres». Él no dijo «Tal vez os haga» o «Trataré de enseñarles cómo». Él dijo que ellos serían eso, y así fue.

Pero ¿qué significa eso en la actualidad? ¿Qué significa ser pescadores de hombres, sacerdotes? Cuando le decimos a las personas que son sacerdotes, ¿qué les estamos diciendo que hagan?

Creo que este sacerdocio involucra cuatro facetas del ministerio, cuatro funciones distintas en las que cada cristiano necesita intervenir. Todos nosotros estamos llamados a evangelizar, a ser ministros de sanidad, a ser misioneros y profetas.

Llamados a evangelizar

Cuando regresé al pastoreo en la Iglesia Presbiteriana Universitaria, el departamento de evangelización tenía tan solo dos responsabilidades: proveer un orador evangelizador durante una semana cada año y visitar.

Dejé que esa estructura continuara de esa forma por un año para así poder evaluar las debilidades y fortalezas del programa. Después de ese tiempo le propuse a la junta «¿Qué tal si cerramos el departamento de evangelización? Todos los miembros de esta iglesia están llamados a evangelizar, a hablar sobre Jesús con las personas con las que viven y trabajan. Tener un departamento que se responsabilice por eso hace que los demás nos lavemos las manos. Hagamos que evangelizar sea la responsabilidad de todos.»

Por supuesto que ese desafío requirió de una explicación. Teníamos que ayudar a nuestra congregación a que entendiera que los que evangelizan no son eruditos que enseñan teología, aunque hay sus excepciones. Alguien que evangeliza es alguien que presenta la verdad. No todos podemos enseñar pero todos sí podemos presentar la verdad.

Una persona que evangeliza sencillamente le dice a otra que experimenta dolor en su vida: «¿Acaso no has tenido suficiente? Quiero presentarte a la Persona que puede cambiar tu vida: Jesucristo.»

En ocho años sin el departamento de evangelización, esta congregación casi se ha duplicado. Recibimos cerca de casi cuatrocientos nuevos miembros por año. Los creyentes son los evangelistas y tomaron esa comisión responsablemente.

Llamados a ser ministros de sanidad

Si bien evangelizar se enfoca en los no creyentes, ministrar para sanidad a menudo se lleva a cabo entre los creyentes. Somos sacerdotes, llamados a ser agentes de todo tipo de sanidad: emocional, relacional, física, mental, vocacional.

En nuestra iglesia, proveemos un lugar para que ese ministerio se lleve a cabo: un culto de sanidad. Cualquier persona que desee puede venir para que el pastor y los ancianos oren por él o ella. Pero el mejor lugar para que este ministerio funcione es el grupo pequeño.

La comunidad cristiana provee un ambiente de sanidad poderosa. Cuando «dos o tres están reunidos», el poder del Espíritu Santo se manifiesta como lo prometió Jesús. En ese ambiente de amor, una persona puede revelar un problema y los demás escuchar y orar, y la sanidad se realiza. Abrirse, sincerarse, caminar en la luz, todas son medicinas poderosas.

La sanidad no es el área de unos cuantos especializados; hace algunos años un estudio secular probó esta realidad. Dicho estudio se realizó para determinar cual escuela psiquiátrica —la rogeriana, freudiana, jungiana, etcétera— producía los mejores resultados. Los resultados fueron fascinantes. La consejería más eficaz no provenía de ninguno de los discípulos de estos profesionales, sino de grupos utilizados en esta investigación. Personas comunes y corrientes —pilotos de avión, secretarias, amas de casa, hombres de negocios— sin ningún entrenamiento terapéutico, quienes simplemente escuchaban, produjeron mejores resultados que los profesionales.

Estudios indican que solamente una persona de cada diez que busca consejería tiene necesidades especiales que requieren de ayuda profesional. El otro noventa por ciento se siente mejor después de haber hablado con una persona que la entienda. Por ejemplo, en los primeros años del siglo XX, no había cura para el alcoholismo. No fue sino hasta que un hombre sin ningún entrenamiento profesional creó los doce pasos de Alcohólicos Anónimos que hubo un programa concreto para la rehabilitación.

Nuestra iglesia ofrece docenas de grupos para aquellas personas que tienen problemas especiales. Hay grupos para adictos, para pacientes de cáncer, para los que no tienen trabajo, para víctimas de embolias, para divorciados, para madres solteras. El ministerio de sanidad está en su mayor parte en manos de personas voluntarias que no reciben ni un solo centavo pero que están llenas del amor de Dios y del poder de sanidad del Espíritu Santo.

Por supuesto que hay casos que requieren de consejería profesional, pero tratamos de que en nuestro equipo no haya consejeros profesionales. Creemos que si tenemos profesionales, enviaremos el mensaje equivocado a nuestra familia de la iglesia. Por esa razón expresamos tanto en palabras como en hechos: «Ustedes son ministros de sanidad.»

Llamados a ser misioneros

El Jesús que dijo: «Vengan a mí todos los que están cansados» también dijo «Id por todo el mundo». Nuestro llamado a discipular incluye el mandato a ir. Hemos sido enviados a una misión.

Los domingos por la mañana, nuestro culto de adoración incluía una comisión de aquellos que iban como misioneros a algún lugar tanto en nuestra ciudad como hasta el otro lado del océano. Un año, 356 personas sirvieron en lugares distantes. Otras sirvieron como misioneros a largo plazo. Otros se iban por un año a China a enseñar inglés. Muchos tomaron «vacaciones con propósito», es decir, trabajaban en un orfanato o construían casas en zonas o países pobres. Estos esfuerzos estaban dirigidos por nuestro pastor de misiones mundiales, cuyos contactos en todo el mundo ayudaron a la iglesia a conectar a personas ansiosas de servir con oportunidades apropiadas al otro lado del mar.

Para preparar a las personas para un ministerio multi-cultural, nuestra escuela dominical incluyo clases de cómo ser un cristiano mundial. Pero realmente el impacto de este tipo de entrenamiento no se realizaba en el salón de clase. Los candidatos a ser misioneros son llamados a practicar misiones interculturales justo en nuestra ciudad.

Nuestra iglesia se localiza a una cuadra del distrito universitario. A cualquier hora, día o noche, en un perímetro de dos o tres cuadras, usted puede encontrar cualquier grupo étnico: jamaiquinos, esquimales, latinos, europeos, africanos y asiáticos. En este distrito puede encontrar miembros de pandillas, estudiantes, traficantes de drogas, profesores, roqueros, compradores, alcohólicos, y mujeres de la calle. Con el propio método de Jesús, las personas salían a esa área en grupos de dos o tres para relacionarse con personas de otras culturas y así encontrar una forma para ministrarlos.

Tres de nuestros jóvenes caminaban por el distrito universitario practicando una misión intercultural como preparación para un viaje misionero a México. Un joven sentado en la acera les pidió dinero. Ellos se sentaron a su lado a pesar de que estaba oloroso, sucio y sin afeitar pero sin duda era amigable y agradable.

«¿Por qué necesitas dinero?» le preguntaron.

«No encuentro trabajo.»

«¿Quieres uno?»

«Por supuesto que quiero uno. Haré cualquier cosa.»

Uno de ellos se quedó con él, mientras que los otros dos recorrieron ambos lados de la calle preguntando tienda por tienda si necesitaban contratar a alguien.

En una pizzería cercana necesitaban un lavaplatos y acordaron una entrevista para la una de la tarde del siguiente día. Los tres se llevaron al joven a casa, le dieron ropa presentable, le prestaron el baño para que se duchara y se afeitara.

Al día siguiente se presentó a las doce mediodía —una hora antes— y obtuvo el empleo. Y lo mantuvo. Más adelante, empezó a ir a la iglesia y eventualmente se convirtió.

Nuestra familia de la iglesia se dio cuenta que no hay que viajar hasta el otro lado del mar para realizar el trabajo misionero. Usted puede convertirse en un misionero en cualquier parte donde haya gente.

Unos años atrás, algunos de nuestros miembros empezaron a ayudar a varios refugiados del sureste asiático. Les dieron ropa y los ayudaron a encontrar muebles para sus nuevos hogares. A partir de ese modesto inicio, la iglesia vio emerger lo que se convertiría en la iglesia camboyana más grande fuera de Camboya. Esa iglesia floreció como resultado del trabajo misionero hecho en nuestra propia ciudad sencillamente porque unos cuantos cristianos se preocuparon por estas personas.

La misión puede empezar al otro lado de la calle así como también al otro lado del mundo, y no es solamente para unos cuantos misioneros bien entrenados. La familia de nuestra iglesia experimentó esa realidad.

Llamados a ser profetas

Este sacerdocio al cual somos llamados incluye una cuarta función: ser profetas. Un profeta no es solamente alguien que predice hechos futuros sino alguien que habla por parte de Dios sobre las maldades sociales del tiempo. «El pueblo está siendo oprimido —dice el profeta—. La injusticia y la inmoralidad están incontrolables. Dios tiene un mejor camino si le servimos y somos obedientes.»

En siglos anteriores, la iglesia era un agente del cambio social vanguardista —establecía orfanatos, hospitales, escuelas, programas para los pobres. Hoy muchas veces recogiendo las migajas de los demás, aparecemos hasta después de que otros valientes se han esforzado.

No necesita por qué ser de esta forma. La iglesia puede y debería producir gente que nos dirija a una sociedad más pacífica, benevolente y justa.

Uno de nuestros miembros era el superintendente de las escuelas estatales de nuestra ciudad y vi en él una función profética. Cuando este hombre aceptó el puesto hace unos años, no había esperanza para la situación educativa: 43.000 estudiantes apenas tenían recursos económicos y cada día aumentaba el número de estudiantes pobres. Los que sí tenían recursos habían transferido a sus hijos a escuelas privadas o se habían mudado de distrito escolar.

Este hombre fue realista acerca de la situación, pero también observó que algunos estudiantes tenían éxito a pesar de los problemas. La mayoría de esos niños provenían de culturas asiáticas —camboyanos, chinos, vietnamitas— donde la educación era una alta prioridad. Tenían padres con altas expectativas que le decían a sus hijos: «No jugarás. Harás tu tarea y sacarás solo buenas calificaciones.» Y así lo hacían.

Él se dio cuenta de que todos los niños necesitaban de ese tipo de modelo a seguir. Así que cada vez que hablaba con el Club de Leones o el Club Rotario, compartía su visión de encontrar un mediador, alguien que animara al estudiante, alguien que fuera ajeno del sistema educativo y que se preocupara y a quien el estudiante tuviera que darle cuentas.

Respondieron miles de personas: oficiales en jefe, abogados, empresarios, contadores. Cada uno —más de veinte mil en su momento— estaba ligado a un estudiante.

Todo eso fue el resultado del esfuerzo de un hombre por cambiar la atmósfera e incrementar el potencial de excelencia en las escuelas públicas. Hay una mejor forma para realizar lo que se está haciendo en cada área de la vida. Hay un mejor camino para practicar medicina o derecho, para conducir un negocio o servicios sociales, para hacer un trabajo policial o educativo.

En nuestros trabajos, clubes sociales, e incluso en nuestras iglesias, hay una mejor manera de hacer cualquier cosa que se está haciendo en este momento. El Espíritu Santo es el autor de la creatividad y podemos participar = de esa creatividad.

Los profetas, del Antiguo Testamento o del siglo XXI, esos hombres y mujeres son llamados a hacer una diferencia. Esa función profética es un elemento esencial del sacerdocio santo que nosotros los cristianos estamos llamados a hacer.

El santuario de nuestra iglesia no era más grande que los de las congregaciones cercanas. Extraordinariamente, sin embargo, el nuestro se llenaba tres veces al día todos los domingos, incluso se requería de tres oficiales de tránsito para dirigir los automóviles en la entrada y la salida del estacionamiento.

Pero esa extraordinaria cifra del domingo en la mañana no podía medir el impacto del reino de sacerdotes sueltos por toda la ciudad durante los siguientes seis días de la semana. En casas, escuelas, fábricas, y oficinas, ellos marchaban —como evangelistas, ministros, misioneros y profetas. Llevaban a cabo un cuidado pastoral, tanto entre ellos como en un mundo necesitado de ministración.

Este artículo se publicó por primera vez en Building Church Leaders, usado con permiso. Título del original: Helping People Care for One Another. Copyright © por el autor o por Christianity Today International. Traducido y adaptado por DesarrolloCristiano.com
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¿Cómo puedo ser amigo de mi pastor?

¿Por qué será que muchos pastores —las personas que más respetamos y admiramos— viven vidas solitarias? ¿Y por qué muchos líderes laicos se sienten frustrados en sus intentos de entablar una amistad con su pastor? El autor comparte sus reglas y secretos para tener una amistad con ese personaje.

¿Por qué será que muchos pastores —las personas que más respetamos y admiramos— viven vidas solitarias? ¿Y por qué muchos líderes laicos se sienten frustrados en sus intentos de entablar una amistad con su pastor?

Por un lado, existe una tendencia en cada congregación a canonizar al pastor como lo hacen los católicos con aquellos que ya han pasado a mejor vida. Pocas veces discutimos sobre política, o nos quejamos acerca de las escuelas, o le pedimos que arregle nuestra cerca, ni siquiera le contamos nuestros chistes favoritos ya que tenemos la noción de que estos temas (y nuestros intereses) están por debajo de los de él.

Por el otro lado, en muchas congregaciones el pastor es el blanco de todas las críticas. Si el sermón es demasiado largo o si hay demasiado cantos nuevos, si la denominación es demasiado liberal o si no hay suficiente lugar para estacionar los automóviles, el pastor es a quien se le critica.

¿Qué es un amigo?

Todos reconocemos que nuestros pastores necesitan personas que los acepten y los disfruten como ellos son en realidad, sin temor o arrogancia —en otras palabras, como amigos. Y a la mayoría de nosotros nos gustaría ser amigos de nuestro pastor. Pero ¿qué significa exactamente ser un amigo?

En una obra maravillosa titulada Los cuatro amores, C. S. Lewis escribe: «La amistad emerge de la mera compañía cuando dos o más personas descubren que tienen algo en común, un interés o incluso algún gusto que no comparten con otros. Hasta ese momento, cada uno creyó que ese interés (o carga) le pertenecía solo a él.»

Si Lewis está en lo correcto, realmente no hay nada que podamos hacer para convertirnos en amigos cercanos de alguien. O compartiremos un interés común y una visión común del mundo, o no lo haremos. Sin embargo, podemos escoger ser amigos de nuestro pastor.

Durante los últimos siete años he disfrutado de convertirme en un buen amigo de mi pastor. Nuestra relación se ha desarrollado exclusivamente a través de la iglesia; como resultado, me he relacionado con él en forma distinta a como lo he hecho con otras personas. En este tiempo, he desarrollado, inconscientemente, algunas «reglas» a la hora de ser amigo de mi pastor.

Regla #1: Mantenga la confidencialidad

No le cuento a nadie lo que el pastor ha compartido conmigo. A menos que estemos dispuestos a mantener en privado las opiniones expresadas por nuestro pastor, no podemos ser buenos amigos. ¿Por qué? Un amigo es primero que todo alguien con quien podemos hablar. Si nuestros pastores no pueden estar seguros de que mantendremos la confidencialidad, no se sentirán seguros hablando con nosotros.

Mantener la confidencialidad es parte de lo que se refiere Dietrich Bonhoeffer en su clásica obra Vida juntos, cuando habla del «ministerio de preservar la reputación de otra persona». Si ha disfrutado de una conversación privada con su pastor acerca de un determinado tema, usted sabrá más de lo que él desea hacer público. Usted sencillamente no puede usar esa información en conversaciones con otras personas.

Claramente, hay un componente de sacrificio en esto. Paso un tiempo difícil en no compartir con los demás lo que discuto con mi pastor. La mayor parte del tiempo, dicho conocimiento es de cosas cotidianas, que no se diferencian de lo que hablamos con otra persona. Pero dentro de la iglesia, como cualquier otro grupo, la información interna (sin importar que tan trivial sea) es emocionante. Presenta la oportunidad de elevar la imagen de uno ante los ojos de los demás. Dicha imagen, no obstante, es a expensas de la amistad. La única forma que he encontrado para resistir la tentación es obligarme a no hablar ni siquiera de la existencia de muchas conversaciones.

Regla #2: Evite la confrontación pública

Hago todo lo posible para no criticar a mi pastor en frente de otras personas. La habilidad del pastor para funcionar depende más que todo del respeto que infunde en la congregación. Cualquier cosa que haga para disminuir ese respeto afecta la eficacia en su ministerio. Consecuentemente, trato de evitar discutir con él públicamente.

Esto es algo que no siempre he hecho bien. Hace algunos años, en un retiro de líderes, nuestro pastor dirigía una discusión sobre el plan maestro de la iglesia. Yo creía que el plan era incomprensible y de poca utilidad, y así lo dije, en esencia, con un par de preguntas.

¡Qué tonto fui! Después sentí que había abusado de nuestra amistad. Además, no salió nada positivo de mis comentarios. El plan maestro se mantiene hasta el día de hoy, toda la discusión fue olvidada, y la dirección de la iglesia no se vio afectada por mis opiniones.

Al criticar públicamente a mi amigo y pastor —o al menos el trabajo que hacía— rompí mi propia regla: Mis observaciones eran públicas y no privadas. Si no hubiera dicho nada, la discusión simplemente hubiera terminado más temprano y hubiéramos podido pasar más tiempo en un tema más edificante.

Ese lamentable error renovó mi compromiso a la hora de presentar, en forma privada, ideas y preocupaciones, particularmente si pienso que mi pastor se dirige por el camino equivocado. En privado, hay más posibilidad de que cambie su manera de pensar sin que parezca que sucumbe ante la presión.

Si no soy capaz de comunicar mi preocupación cara a cara (el método preferido), entonces escribo una carta. Escribir es una buena disciplina. A veces nos damos cuenta de la brutalidad de nuestras observaciones a medida que las leemos, y luego tenemos la oportunidad para re-pensar lo que estamos diciendo.

Pablo comienza y termina sus cartas más difíciles con promesas del amor de Dios y del suyo hacia el pueblo. Nuestros pastores necesitan la misma promesa de nuestro amor en cualquier momento que ofrecemos consejo.

Regla #3: Haga algo más que tan solo quejarse

En lugar de solo quejarme, intento proponer una solución. Quejarse sin proponer una solución (y sin estar dispuesto a ser parte de ella) es meramente volver mi irritación hacia el pastor. Y eso es injusto.

También debemos esperar un tiempo antes de hacer una crítica. Permitir que pase el tiempo entre el momento en que nos sentimos irritados y el momento de hacer nuestros comentarios puede ser un acto de misericordia.

También trato de sopesar los asuntos espirituales que surgen. Un maestro de escuela dominical que dirige la clase hacia caminos de herejía no tiene justificación; quedarse sin café entre los cultos es un inconveniente. Ya que uno es un asunto espiritual de grandes consecuencias, y el otro no lo es, deben ser manejados de forma distinta. Se pueden ignorar muchos asuntos menores.

El valor de estas reglas surgió cuando mi pastor y yo estábamos en un comité nominacional que buscaba un pastor asociado para nuestra iglesia. Habíamos trabajado por meses y estábamos cansados del proceso.

Una noche, en una conversación privada después de la reunión, el pastor me dijo: «Creo que ya hemos hecho suficiente. Vamos a llamar a Juan» —en ese momento, el candidato más fuerte.

Yo no estuve de acuerdo y le dije: «No, creo que mejor no. Necesitamos esperar y continuar buscando por una persona mayor y con más experiencia.» Entonces mencioné el nombre de una hoja de vida nueva.

Mi pastor conocía al hombre pero no sabía que había solicitado el trabajo. Su respuesta fue: «¡Qué bien! ¡Tenemos que hablar con él!» Como terminan las buenas historias, ese hombre es ahora el pastor asociado de nuestra iglesia.

El punto aquí es que en lugar de simplemente quejarme, propuse otra opción, y yo estaba dispuesto a trabajar en eso. Y cuando hablé, fue en privado sobre un asunto de importancia espiritual. No tengo que ser como una mascota entrenada con el fin de no quejarme. El resultado es generalmente que tengo mayor influencia que si lo hiciera de otra forma. Más importante aún, aparte del trabajo hecho juntos en ese espíritu, la amistad ha crecido.

Regla #4: No busque ser «el mejor amigo»

Esto me lleva a la regla más difícil de todas: darme cuenta de que sencillamente no puedo ser el mejor amigo de mi pastor.

Muchas veces queremos ser el «mejor amigo» de nuestro pastor. Ese deseo se convierte en otra carga para él. Irónicamente, para ser el amigo de nuestro pastor lo primero que debemos hacer es renunciar justamente a ese deseo.

¿Por qué? El pastor no es el dueño de su tiempo ni de su vida. Al contrario, él tiene que tener tiempo por todos aquellos que lo buscan para encontrar guía y ánimo.

Así que si vamos a ser amigos reales de nuestro pastor, tenemos que preocuparnos más por amarlos y servirlos que por los beneficios que podemos obtener de su amistad. Demostramos amor al apoyarlos mientras mantenemos una sana relación y no demandamos demasiado de él. Necesitamos estar dispuestos a acomodar nuestros horarios al de él.

Si honramos la confianza, somos considerados, los animamos, somos fieles en oración, y deseamos el éxito de nuestros pastores, entonces seremos al menos buenos amigos. Si también compartimos una visión en común de la iglesia y podemos ser buenos compañeros, entonces podríamos terminar siendo amigos cercanos. Al hacerlo, su vida y la nuestra serán más ricas.

Roberto Fry, Jr., es abogado en Irvine, California, y miembro de la Iglesia Presbiteriana de Irvine. Este artículo se publicó por primera vez en Building Church Leaders, usado con permiso. Título del original: How To Be Your Pastors Friend Copyright © 2004 por el autor o por Christianity Today International/Leadership Journal. Traducido y adaptado por DesarrolloCristiano.com, todos los derechos reservados. Copyright 2004
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La visión une

A primera vista, Nehemías 3 parece ser una lectura aburrida. Sin embargo, si lo leemos con otro par de lentes, observaremos que en este capítulo la palabra «éxito» aparece por todas partes. Con este pasaje, el autor nos explica que para lograr grandes cosas en nuestra iglesia, debemos definir el futuro de esta.

«Entonces se levantó el sumo sacerdote Eliasib con sus hermanos los sacerdotes, y edificaron la puerta de las Ovejas. Ellos arreglaron y levantaron sus puertas hasta la torre de Hamea, y edificaron hasta la torre de Hananeel. Junto a ella edificaron los varones de Jericó, y luego edificó Zacur hijo de Imri.» Nehemías 3.1–2

A primera vista, Nehemías 3 parece ser una lectura aburrida. El efecto que tiene sobre uno es el mismo que logra el informe anual de una compañía o de otra iglesia. Los nombres, lugares, y logros probablemente no nos dicen nada. Pero reflexione un poco más en este capítulo, y ¡tal vez salte de su silla!

En Nehemías 3 la palabra «éxito» está escrita en todas partes. Da testimonio del poder de la visión. El capítulo simplemente va de una sección a otra alrededor del muro en dirección contraria a las manecillas del reloj, comenzando en la puerta de las Ovejas en el extremo norte de Jerusalén, para terminar nuevamente allí. El muro de la ciudad, visto desde arriba, se asemeja a la forma de una cuchara: redondeado hacia la parte superior, y estrecho en la parte inferior. El perímetro es de dos millas (unos tres kilómetros).

El capítulo destaca que los judíos reconstruyeron el muro de sección en sección. Se enfrentaron a 40 secciones y trabajaron de manera simultánea. Su visión los motivaba y movilizaba para que culminaran una gran tarea.

Una frase resuena a lo largo de todo el capítulo 3 de Nehemías: «frente a su casa». Cada grupo de personas tomó una sección en su vecindario. Era algo que podían hacer, algo en su área que tenía significado para ellos.

Piense en los niños en las vacaciones de Navidad: déjelos solos, y puede que pronto vuelquen sus energías unos contra otros. Pero comparta con ellos una visión —que construyan un fuerte o decoren una habitación— y lograrán algo significativo. De manera similar, cuando los líderes tienen un panorama claro de lo que puede ser el futuro, son capaces de aprovechar la energía colectiva del pueblo de Dios para lograr algunas tareas formidables.

El profesor de predicación Haddon Robinson cuenta una historia acerca de Walt Disney, quien murió en 1966, varios años antes de que se iniciara la construcción de Walt Disney World. Muy poco tiempo después de que el parque abriera sus puertas, alguien dijo: «¿No es una pena que Walt Disney no viviera para ver esto?» Mike Vance, director creativo de los Estudios Disney, contestó: «Él lo vio, ¡y por eso es que está aquí!»

Rara vez las iglesias se tambalean debido a la falta de obreros dispuestos. Se tambalean debido a la falta de visión. La visión tiene el poder de motivar a los «constructores de muros».

Para comentar

1. ¿Le ha dado a los miembros de la congregación una visión lo suficientemente convincente como para motivarlos?

2. Basándose en la necesidad alrededor de su iglesia y de las circunstancias que la rodean, comparta algunos ideales de lo que ella puede y debe ser.

3. ¿Cómo puede ayudar a las personas a identificar sus roles en la búsqueda de la visión?

Una forma para establecer la visión de la iglesia es responder a varias preguntas clave. A continuación encontrará tres preguntas que pueden ayudarlo.

¿Quiénes somos? Comience con un auto-examen: «¿Qué estamos haciendo ahora? ¿Es algo que disfrutamos? ¿Desearíamos poder hacer algo diferente?»

¿Dónde vivimos? Al contestar esta segunda tenga en cuenta dos características de su entorno ministerial: la demografía y el estilo de vida de las personas.

¿Cuál es el llamado de Dios?

Para terminar quisiéramos compartir con usted la visión de una iglesia.

«A fin de crear un puente para compartir el evangelio, la iglesia buscará ser la familia de Dios para las familias de nuestra comunidad. Diseñaremos ministerios para fortalecer a las familias saludables y buscaremos ser un instrumento de sanidad para las familias heridas, ayudándolas a llegar a ser funcionales».

Esteban Mattewson
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El enfoque del liderazgo de Jesús: formar personas

El ministerio de Jesús se centró en capacitar a doce jóvenes adultos en sólo tres años. Examinar los resultados de ese ministerio es pertinente para los líderes que están trabajando para dejar un legado entre los jóvenes que están formando. El autor del artículo nos comparte lo que él descubrió acerca del enfoque del liderazgo de Jesús con sus Doce.

¿Cómo podríamos evaluar humanamente los resultados del ministerio de Jesús?: «No tuvo resultados perfectos (tuvo un traidor, multitudes que lo seguían pero demandantes y cambiantes, discípulos —amigos íntimos— que lo abandonaron en su hora más difícil). Bíblicamente su ministerio fue muy sencillo pero profundo.

¿Qué lo hizo posible ese combinación de sencillez y profundidad?, su meta y su método. La meta de Jesús fue las personas. Él buscaba conducirlas a la salvación eterna y formarlos a su propia imagen. El método para alcanzar su meta fue: Involucrarse personalmente en sus vidas, discipularlos para que fueran como él y, después, enviarlos para que hicieran a otros lo que él hizo con ellos.

El ministerio de Jesús y sus resultados

Juan 17.7–12, 18; Mateo 2819; 1 Juan 1.2–3

El mayor milagro de Jesús no fue realizado mientras caminó sobre esta tierra. Fue el resultado de incontables horas dedicadas a la capacitación de sus doce discípulos, hecho lo cual y una vez que partió, y los instruyó que fueran y practicaran este mismo arte de preparación y liderazgo. El milagro consistió en que esos hombres prácticamente fracasados prosiguieron su milagroso ministerio de tal manera que alcanzaron toda Asia en dos años (Hechos 19.10). Jesús pasó la mayor parte de su tiempo con los Doce, no con las masas. Él estaba empeñado en la formación de hombres que dirigirían la iglesia en la siguiente generación; hombres en quienes usted y yo no hubiéramos perdido nuestro tiempo. Jesús sabía dónde se encontraría su legado. Su ingenio no se encuentra en sus milagros divinos, ni siquiera en su directo ministerio. Se encuentra en su multiplicación deliberada.

Su enfoque primordial fue tratar personalmente con sus discípulos.

Observaciones sobre este enfoque de jesús

La idea de Jesús sobre el discipulado (involucrase con las personas y formarlas para que ellas hicieran lo que él hizo)

Instrucción ... en un contexto relacionado con la vida.

«Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos» (Mateo 51).

«Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar» (Lucas 111).

Demostración ... en un contexto relacionado con la vida.

«Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestro pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Juan 13.12–15).

Experiencia... en un contexto relacionado con la vida.

«Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos» (Marcos 6.7).

«Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante de la gente» (Lucas 9,16).

Asesoramiento ... en un contexto relacionado con la vida

«Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora. Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. Pero este género no sale sino con oración y ayuno» (Lucas 17.18–21).

Jesús empleó doce factores para poder involucrarse con sus discípulos y así formarlos como él:

1. Iniciativa (Lucas 6:12, 13)

«... él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Y cuando era de día, llamó a sus discípulos, y escogió a doce de ellos».

2. Proximidad (Marcos 3:14, Lucas 8:1)

«Y estableció a doce, para que estuviesen con él...»

3. Amistad (Juan 15:15)

«Ya no os llamaré siervos .... pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer».

4. Ejemplo (Juan 13:15)

«Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis».

5. Compromiso (Mateo 16:24, Juan 13:1)

«Jesús ...como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin».

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame».

6. Responsabilidad (Marcos 6:7)

«Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos».

7. Conocimiento (Lucas 8:9, 10)

«Y los discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Qué significa esta parábola? Y él dijo: A vosotros os he dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan».

8. Visión (Mateo 4:19, Juan 4:35)

«Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres».

«¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega».

9. Confianza (Mateo 10:1-8)

«Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. Y yendo, predicad ... sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia».

10. Evaluación (Lucas 10:17-24)

«Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos».

11. Poder (Juan 20:22, Hechos 1:8)

«Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo».

«Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».

12. Impulso (Mateo 28:18, 20)

«Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones ...»

Cómo se vive según el enfoque se Jesús

El logro viene cuando alguien es capaz de hacer grandes cosas para sí mismo.

El éxito viene cuando esa persona da el poder a los seguidores de hacer grandes cosas con él.

La importancia viene cuando esa persona desarrolla líderes para hacer grandes cosas para él.

El legado viene cuando prepara su organización para hacer grandes cosas sin él.

AUTOEVALUACIÓN:

1. Cuando pienso en formar personas, ¿Qué viene a mi mente? ¿A quién formaré?

2. ¿Cómo podré dejar a alguien formado? ¿Qué papel tengo yo en aquello que en un futuro pueda superar lo que yo hice?

3. ¿De qué manera estoy imitando a Jesús, así como él lo hacía con sus doce, para dejar un movimiento de personas después de su partida?

4. ¿Qué pasos puedo tomar esta semana para asegurar el impacto que ha de tener mi legado —las personas que yo forme— en el futuro?

5. ¿Qué necesito ser para ser un formador de personas?

Enrique Zapata
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Un llamado sin barreras

Tal como dice Efesios 4:6, el Señor está «sobre todos y por medio de todos y en todos.» Frente a una declaración tan amplia, no queda duda de que todos sus seguidores, sean hombres o mujeres tienen la responsabilidad de permitir la acción de Dios en el mundo a través de sus propias vidas.

¡Las mujeres también son protagonistas en el cumplimiento de la Misión de la Iglesia! Es una declaración que nos llama al ánimo y al trabajo empeñoso, pero que en ocasiones parece velarse tras muchos temores o malentendidos. A lo largo del relato bíblico encontramos numerosas referencias a mujeres que encontraron maneras de servir a su Señor con entrega y fidelidad. Cómo olvidar a figuras prominentes como Débora, quien desafió la tradición y sirvió a su pueblo con profunda convicción y coraje, o a Ester quien, a riesgo de su propia vida, decidió interceder por los suyos. Ellas representan a incontables mujeres que impactaron vidas desde el lugar donde Dios las había puesto. Muchas de ellas permanecen en el anonimato, tales como las valientes parteras de Egipto, que con su desobediencia preservaron la vida de los hijos de los hebreos, o la joven sierva de Nahmán, quien por medio de un sencillo comentario cambió el rumbo de un hombre poderoso.

Cristo mismo tuvo contacto con mujeres piadosas que acompañaban su ministerio público, mujeres como «María, llamada Magdalena…Juana…Susana y muchas más, que lo ayudaban y los apoyaban con sus propios bienes» (Lc 8.2,3). Ellas habían creído en él y, por ende, abrazaron también su causa. Jesús también ilustró sus parábolas y enseñanzas con el ejemplo de mujeres dignas de imitación, como la viuda con el juez injusto. En resúmen, ellas tuvieron plena participación en el proceso de extender el reino entre los necesitados.

La historia de la iglesia también da testimonio del valioso aporte que han hecho las mujeres a las misiones. Muchas de ellas sirvieron desde lugares sumamente sencillos y humildes, pero tuvieron un impacto eterno sobre la marcha del Reino. Susana Wesley dejó un legado imborrable sobre la vida de dos grandes del siglo dieciocho, los hermanos Carlos y Juan. Gran parte de su influencia se hizo sentir mientras se ocupaba de las tareas del hogar. Otras, como Amy Carmichael o Gladys Aylward, lo dejaron todo para instalarse entre los más pobres y desvalidos de la tierra. Cada una de ellas nos deja un claro ejemplo del inestimable aporte que puede realizar una mujer entregada a la voluntad de Dios.

Las Escrituras nos presentan a un Dios Soberano que tomó forma humana para reconciliarnos con él. La buena noticia de Emmanuel cambió la historia. Dios se hizo presente para expresarnos sus propósitos para todo lo creado. Tal como lo dice Efesios 4:6, el Señor está «sobre todos y por medio de todos y en todos.» Frente a una declaración tan amplia, no queda duda de que todos sus seguidores, sean hombres o mujeres tienen la responsabilidad de permitir la acción de Dios en el mundo a través de sus propias vidas. La aventura de participar en sus proyectos es una que se extiende a todos sus discípulas, dondequiera que se encuentren.

Tradicionalmente se ha entendido la misión de la Iglesia casi exclusivamente en términos de «tarea evangelizadora»; sin embargo, por el ejemplo de Jesús podemos notar el interés de Dios en todo el ser, lo que incluye lo espiritual, lo psicológico, lo social y lo físico. Si imitamos el ejemplo del Maestro no solamente debemos anunciar las buenas nuevas, sino también abocarnos a la tarea de hacer el bien a todos los que él ponga en nuestro camino.

Por tratarse de una tarea tan amplia y comprometedora, el Señor nos llama a plantearnos en qué lugar nos encontramos dentro de la gran mies. Jesús hizo ver a sus discípulos el contraste entre la enorme necesidad del mundo y la escasez de los trabajadores. Tantas discusiones sobre quien puede o no servir al Señor nos ha robado tiempo inapreciable y ha desviado nuestra atención de lo que representa nuestra verdadera vocación: andar en las obras que él ha preparado de antemano para nosotras (Ef 2.10).

Es hora de que recuperemos el enfoque, para volver a ser parte fundamental de la iniciativa de Dios en este mundo. Y nosotras, no podemos más darnos el lujo de ser meras espectadoras; debemos dejar que estos propósitos afecten radicalmente la forma en que expresamos nuestra fe. Cada una desde su propia condición, ejerciendo los dones y talentos que Dios le ha concedido, esta llamada a contribuir para que el sueño de Dios para el mundo esté cada vez más cercano. No hay tarea pequeña en el Reino.

Como mujeres, no siempre hemos valorado la verdadera dimensión que tiene nuestro servicio pero, poco a poco, estamos ampliando nuestro horizonte. Cada vez un mayor número de mujeres deciden responder al llamado e incursionar en territorios antes desconocidos. La evidente decadencia del mundo nos urge a una acción coordinada y efectiva en su nombre. El Señor necesita todo su ejército en pie. ¡Ya no hay excusa!

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El amor es vida

El amor, es decir, la capacidad que una persona tiene de dar y recibir amor se desarrolla recibiendo y dando amor desde su nacimiento e infancia. De todas las facultades que Dios ha puesto en nosotros la más maravillosa es el amor. «Dios es amor», dicen las Escrituras (1 Jn 4.8). El amor es, por así decirlo, la materia prima de la que Dios está hecho.

Si a alguien mientras duerme le hicieran cirugía plástica y le cambiaran los rasgos de su cara, la forma de su nariz, de su boca, el color de su piel, y luego se levantara y se mirara en el espejo, se asustaría increíblemente y gritaría: ¡Hey! ¡Ese no soy yo! No se reconocería porque se identifica a sí mismo con su cara, con su cuerpo. Pero nosotros no somos nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo es sólo el vestido de nuestro verdadero yo, una casa temporal en la cual habitamos durante un tiempo. Cuando muere el cuerpo seguimos viviendo, porque nuestro verdadero yo es inmortal.

Decimos que una persona muere cuando el cuerpo que le servía de instrumento para actuar en el mundo físico, deja de funcionar. Es como el buzo que desciende al fondo del océano en una escafandra. Sin la escafandra el peso del agua lo aplastaría , no podría respirar, moriría. Pero él no es la escafandra, él está dentro de la escafandra y al volver a la superficie se la quita. Así nosotros estamos en nuestro cuerpo, pero no somos nuestro cuerpo. Y un día nos lo quitamos.

Cuando nuestro cuerpo empieza a envejecer, cuando pierde su agilidad, su belleza, su fuerza y nuestro cerebro ya no funciona con la misma agilidad de antes, nos entristecemos y decimos que estamos envejeciendo. Pero nosotros no envejecemos, sólo nuestro vestido corporal envejece.

En la primera epístola a los Tesalonicenses Pablo escribe: «Todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo...» (1 Ts 5.23). Somos espíritu, tenemos un alma y vivimos en un cuerpo. Nuestro espíritu es la esencia, el núcleo de nuestro yo. Es aquella parte de nuestro ser que puede estar en contacto íntimo con Dios (1).

En nuestra alma residen las facultades que Dios nos ha dado: mente, inteligencia, memoria, emociones, sentimientos, imaginación, voluntad, etc. Nuestra alma contiene todo un tesoro de facultades y posibilidades inimaginables para la mayoría de la gente, generalmente porque las ignoran, no afloran a su conciencia, no han tenido oportunidad de desarrollarlas o las han reprimido desde temprana edad.

Muchas personas al mirarse en el espejo se sienten descontentas con lo que ven. Se consideran feas, o poco inteligentes, o torpes, o antipáticas. Desde la infancia han tenido experiencias tristes y humillantes y se han endurecido; les han quitado toda esperanza, amor propio y toda estima por los demás.

Pero nosotros hemos sido creados a la imagen y semejanza de Dios. Dios es espíritu y nosotros somos un espíritu, al que Dios ha dado un alma y ha vestido con un cuerpo. Nos ha creado tripartitos a su imagen y semejanza. Ha impreso su estampa en nosotros. Somos un reflejo de lo que Él es. En nuestro ser primigenio somos bellos y perfectos como Él lo es.

¿Por qué entonces nos vemos tan alejados de la perfección que es Dios, tan limitados, tan indignos? A causa del pecado. El pecado ha deformado la imagen y semejanza de Dios en nosotros, la ha oscurecido y ocultado.

¿Qué pecado? En primer lugar el pecado de nuestros primeros padres que corrompió nuestra naturaleza y entregó a la raza humana al dominio de las fuerzas oscuras (Gn 3). Ese pecado es el origen de todos los pecados subsiguientes, comenzando por el asesinato de Abel por Caín (Gn 4.1–8). En segundo lugar nuestros pecados, que cada uno sabe cuál es. Pero también el pecado de las personas con las que hemos vivido y que ha afectado nuestra vida, así como nuestro pecado afecta la vida de los demás.

De todas las facultades que Dios ha puesto en nosotros la más maravillosa es el amor. «Dios es amor», dicen las Escrituras (1 Jn 4.8). El amor es, por así decirlo, la materia prima de la que Dios está hecho. Así como podemos decir que la materia prima de un vaso es el vidrio, y la de una mesa es la madera, la materia prima de Dios es el amor.

Y así como el agua todo lo moja con tan sólo tocarlo porque es agua, Dios ama necesariamente todo lo que ha creado porque es amor. Para Él es imposible dejar de amar porque su naturaleza lo impele a ello (2).

Y como Él es amor, ha derramado su amor a su alrededor, en toda la creación. Ha vertido su amor en nosotros y nos ha dado la capacidad de amar. Amamos aun sin querer porque hemos sido hechos a su imagen y semejanza. Pero con frecuencia esa capacidad de amar está frustrada en muchas personas porque en lugar de recibir amor en su infancia, cuando más lo necesitaban, recibieron desamor y maltratos.

Si se golpea repetidas veces y con fuerza el brazo de un pequeño, quedará deformado, no crecerá bien ni tendrá vigor. De igual manera si la capacidad de recibir y dar amor de una criatura es golpeada o herida cuando más necesita ser amada, su capacidad de amar no se desarrollará, sino quedará lisiada, maltrecha.

El amor, es decir, la capacidad que una persona tiene de dar y recibir amor se desarrolla recibiendo y dando amor desde su nacimiento e infancia. El amor se aprende en la cuna. El recién nacido tiene tanta necesidad de ser amado como de ser amamantado. En verdad, Dios, que es tan sabio, hizo que el hombre al nacer recibiera el alimento del pecho de su madre para que junto con la leche recibiera amor. Además, inventó esta manera de nutrir para que, dependiendo de su madre, la criatura viviera en comunión con ella. Sólo una mujer sin corazón no ama al niño que amamanta. Lamentablemente algunos nunca fueron amamantados o cuando los destetaron ya no recibieron más amor, sino sólo indiferencia.

Es cierto también que la lactancia materna no es la única manera como el niño puede recibir amor. Hay muchas otras que forman parte de la vida diaria; por ejemplo, jugar con ellos, acariciarlos, cuidarlos, etc. Todas esas son expresiones de amor importantes para el niño pequeño porque tiene necesidad de amor, de ser amado y de amar. El niño bebe el amor como la leche del pecho y ama espontáneamente. Pero si en lugar de amarlo, lo maltratan con desamor, dureza, crueldad, o indiferencia, su capacidad de amar se malogra, se marchita, queda como inválido. En consecuencia el niño se torna triste, hosco, desconfiado, temeroso. ¡Con cuántas caras se cruza uno que llevan la marca de no haber sido amadas en la infancia!

El amor es vida para el ser humano, como el agua para las plantas. Si vierte agua a una planta reseca, verá como reverdece. Igual pasa con el hombre, sin amor su vida caduca, perece, se seca. Pero si damos un poco de amor a un ser sin esperanza, verá como le vuelven a brillar los ojos.

Todos los seres humanos buscamos amor. Aun los seres más golpeados por la vida, los más desilusionados, como los niños abandonados, se unen a pandillas, se rodean de amigos de la calle para ayudarse y protegerse mutuamente. La amistad es una forma de amor. No obstante, como la capacidad de amar de estos niños ha sido golpeada cuando eran pequeños, su amor es a veces cruel.

Cuando crece, el joven busca también amor. Lo busca ya no sólo en su padres y en sus amigos sino también en una pareja.

Pero, si un muchacho por ejemplo, ha sido criado por una extraña, o quizá una pariente para quien era una carga o lo maltrataba, es posible que no tenga una buena imagen de la mujer. La mujer con la que tratamos en la primera infancia es la que determina la imagen que más tarde tendremos del resto de las mujeres. Por esa razón es que muchas personas tratan muy mal a las mujeres y a las personas en general.

Sin embargo, Jesús es nos enseña cómo tratar a las personas sin tomar cuenta sus trasfondos. Jesús, por ejemplo, no despreció ni condenó a las prostitutas. Al contrario se acercó y se compadeció de ellas. No tuvo vergüenza de hacerlo, a pesar de las murmuraciones. Se acercó a ellas para escucharlas, hablarles, perdonarlas, transformarlas.

Es un hecho notable que, con excepción de su madre y de Marta, todas las mujeres a las que los Evangelios dedican cierto espacio hayan sido mujeres de mala vida, por ejemplo, Magdalena o la samaritana. Además, es muy singular que las palabras mas tiernas que Jesús dijera de una mujer fueran para una pecadora —Lucas (7.44–48)—, la mujer que derramó el perfume de nardo en sus pies.

Más sorprendente es aun que Jesús asumiera la defensa de una pecadora a quien sus indignados acusadores querían apedrear. En Juan leemos que un día le trajeron a Jesús a una mujer sorprendida con un hombre en adulterio. Los que la arrastraban le preguntaron: «La Ley manda apedrear a estas mujeres. Tú ¿qué dices?» (3). Jesús esperó un rato mirando al suelo y después levantó los ojos como si les dijera: Ustedes la acusan, pero son tan pecadores como ella. Entonces les dijo: «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.» Pero no había entre ellos uno solo que fuera inocente, y por eso, avergonzados, se fueron retirando uno a uno.

Jesús preguntó a la mujer: «¿Donde están los que te acusaban? Todos se han ido. ¿Ninguno te condena? —Ninguno Señor— entonces, yo tampoco te condeno. Vete y no peques más» (Jn 8.1—11).

Jesús no la condenó ni le reprochó nada a pesar de lo que ella había sido. La perdona porque está arrepentida. Ella sin duda fue tocada por la compasión que emanaba de Él, por la actitud de Jesús. Ese hombre, que era un rabino, un maestro de la ley, no la juzgó, no la condenó, sino la trató con benevolencia. Algo en el interior de la mujer respondió al amor sobrenatural que la mirada de Jesús reflejaba y la cambió totalmente..

Pero ¿que habría sido si Jesús le hubiera echado en cara su conducta, si la hubiera condenado? Seguramente se habría sentido herida y endurecida, se habría mostrado altanera y despectiva. La severidad puede ser a veces necesaria, pero el amor que todo lo cree, que todo lo espera, que todo lo soporta (1 Co 13.7), obra maravillas en las almas. Puede también hacerlo en la tuya. Nunca lo olvides. Si tienes sed de amor recuerda que, por encima de los imperfectos amores humanos, hay un ser infinitamente grande y bueno que te ama con un amor perfecto y que dio su vida por ti. Acércate a Él. Está esperando que lo busques para mostrarte todo el tesoro de amor que guarda para ti; para perdonarte, si tienes mucho de qué acusarte; para consolarte, si tienes mucho que lamentar.

Notas

(1) Si nuestra parte espiritual, es decir nuestra alma y nuestro espíritu, se mantiene activa hasta la edad más avanzada, comunicarán su vigor al cuerpo.
(2) Dios ama incluso a los condenados y ese amor al que voluntariamente renunciaron y ahora extrañan, es el que enciende las llamas del infierno.
(3) Es curioso que no lo trajeran también a él quien era igualmente culpable, y según la ley, debía ser apedreado junto con ella.

Acerca del autor:
José Belaunde nació en los Estados Unidos pero creció y se educó en el Perú donde ha vivido prácticamente toda su vida. Participa activamente en programas evangelísticos radiales, es maestro de cursos bíblicos es su iglesia en Perú y escribe en un semanario local abordando temas societarios desde un punto de vista cristiano. Desde 1999 publica el boletín semanal "La Vida y la Palabra", el cual es distribuido a miles de personas de forma gratuita en las iglesias de su país. Si desea recibir estos artículos por correo electrónico solicítelos a: jbelaun@lavidaylapalabra.com o a jbelaun@terra.com.pe. Página web: www.lavidaylapalabra.com
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De la adoración a la misión

En la historia de obra misionera cristiana hay momentos de avance y momentos de retroceso. Los momentos de avance surgen siempre cuando en la iglesia hay vitalidad espiritual. Los grandes avivamientos espirituales se caracterizan por un redescubrimiento del poder de Dios, un sentido renovado de su grandeza y santidad y el impulso misionero a llevar el Evangelio a quienes todavía no lo conocen.

En la historia de veinte siglos de obra misionera cristiana hay momentos de avance y momentos de retroceso. Los momentos de avance surgen siempre cuando en la iglesia hay vitalidad espiritual. Los grandes avivamientos espirituales se caracterizan por un redescubrimiento del poder de Dios, un sentido renovado de su grandeza y santidad, la transformación moral en la vida de los cristianos y el impulso misionero a llevar el Evangelio a quienes todavía no lo conocen. Eso es lo sustantivo de los verdaderos avivamientos. Los desbordes emocionales y los cambios de género musical o estilo de comunicación son adjetivos.

La misión cristiana no es una simple empresa humana. No es únicamente un plan que nace en la imaginación afiebrada de algún entusiasta religioso. Es Dios por su Espíritu quien impulsa el avance evangelizador de la Iglesia por el mundo; es una iniciativa de Dios a la cual el discípulo se suma en obediencia gozosa. Así lo vemos a lo largo de las páginas de la Biblia por las cuales haremos un breve recorrido antes de sentar los principios resultantes.

En la Gran Comisión

Los cuatro evangelistas nos ofrecen una versión de la forma en que Jesús comisionó a los discípulos luego de su resurrección. La versión más conocida y explícita, y que sirvió como inspiración al desarrollo de las misiones protestantes modernas, es la de Mateo. Este evangelista relata que los discípulos cuando vieron a Jesús resucitado «lo adoraron», y que el Maestro entonces les dio sus instrucciones finales: «Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.» (Mt 28.18–20) La autoridad para enviar la ha recibido el Maestro que murió y que ha resucitado. Es una autoridad que no se limita a la Tierra en la que se da la acción misionera, sino al universo entero. Los discípulos enviados son los que han reconocido al Señor resucitado y le han adorado.

Los relatos de Lucas y Juan destacan además el gozo de los discípulos al reconocer al Señor y adorarlo en el momento de recibir la comisión. Lucas insiste de varias maneras en que los discípulos enviados han comprendido de manera nueva las promesas de Dios porque Jesús «les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras» (Lc 24.45, comparar con 27 y 32). Luego de recibir la comisión, narra Lucas, «Ellos, entonces, lo adoraron y luego regresaron a Jerusalén con alegría» (24.52).

La versión de Juan, al igual que la de Lucas, hace referencia también a que Jesús mostró a los discípulos las señales de su sufrimiento en la cruz y les dio evidencias de su resurrección. Jesús se les aparece en forma inesperada y los saluda: «¡La paz sea con ustedes! Dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor los discípulos se alegraron» (Jn 20.19–20). Esta conjunción de sufrimiento, triunfo y alegría reaparece en el relato de Hechos de los Apóstoles. Los apóstoles, es decir los misioneros, han tenido una confrontación más con las autoridades de Jerusalén y han recibido azotes. Entonces, el narrador comenta: «Así pues los Apóstoles salieron del Consejo llenos de gozo por haber sido considerados dignos de sufrir afrentas por causa del Nombre». (Hch 5.41) No podemos contemplar la obra de Cristo en la cruz ni experimentar el poder de su resurrección sin ser movidos a la adoración reverente, gozosa. De ella brota la acción misionera y la persecución no logra amedrentarla.

En el Antiguo Testamento

Esta secuencia de encuentro con el Señor, sorpresa y alegría que precede al cumplimiento de las órdenes de Aquél que envía a los misioneros está arraigada en el modelo del Antiguo Testamento. Moisés, Elías, e Isaías son siervos que, antes de poder llevar la Palabra de Dios al pueblo, tienen un «encuentro con Dios», es decir, una experiencia profunda de adoración seguida de la purificación que viene de ese encuentro con el Dios de santidad. Moisés en el libro de Éxodo escucha la comisión divina luego del encuentro con Dios en el episodio de la zarza ardiente. En este instante sagrado, en esta experiencia de contemplación, Moisés tiene que quitarse las sandalias en señal de respeto y sumisión. El Dios que lo envía, afirma primero su poder manifestado en medio de la historia: «Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob». ¿Qué ha de hacer el futuro misionero en este trance? «Entonces Moisés cubrió su rostro porque tuvo miedo de mirar a Dios.» (Éx 3.6)

Isaías cuenta su propia experiencia con elocuencia en el capítulo 6 de su libro, un pasaje ampliamente conocido que ha sido paradigma de la espiritualidad misionera a lo largo de los siglos. Las imágenes del relato de la visión comunican la grandeza y santidad del Dios que envía: «Vi al Señor sentado sobre un trono muy alto; el borde de su manto llenaba el templo. Unos seres como de fuego estaban por encima de él» (Is 6.1–2 DHH). Comunican también el sobrecogimiento del profeta: «Pensé ¡Ay de mí, voy a morir! He visto con mis ojos al Rey, al Señor todopoderoso; yo que soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios impuros» (v. 5). El profeta es enviado en ese contexto de adoración en el cual contempla la gloria de Dios y una brasa de fuego santo quema sus labios. Lo resume bien la «Canción del testigo» de los Focolari:

Tu Palabra es una carga que mi espalda dobló, Es fuego tu mensaje que mi lengua quemó.

Déjate quemar si quieres alumbrar No temas, ¡contigo estoy!

En la práctica de la Iglesia primitiva

Volviendo al relato de la misión en el libro de Hechos, en los capítulos iniciales se nos ofrece dos descripciones didácticamente resumidas acerca de la vida diaria de la Iglesia de Jerusalén: su experiencia de vida comunitaria, la solidaridad con los necesitados, los milagros y señales (Hch 2.41–47 y 4.32–35). Ambos pasajes comunican la idea de un impacto sobre la población en el cual aunque hay acciones humanas concretas, Dios tiene la iniciativa. Así «cada día el Señor hacía crecer la comunidad con el número de los que él iba llamando a la salvación» (2.47 DHH) y «los apóstoles seguían dando un poderoso testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y Dios los bendecía mucho a todos» (4.33 DHH). En ambos casos se destaca la atmósfera de culto, adoración, reverencia y obediencia a Dios que caracterizaban la nueva vida de esos creyentes, unidos en una comunidad de propósito y acción. También en ambos casos se destaca la nota de alegría y entusiasmo gozoso.

En el caso de la gran iglesia misionera de Antioquía, el Señor indica a la iglesia que envíe a Saulo y a Bernabé en un viaje evangelizador que iba a marcar una nueva etapa en la misión. La indicación divina viene precisamente cuando en la Iglesia «estaban celebrando el culto al Señor y ayunando» (Hch. 13:2 DHH). Esta versión, Dios habla hoy, ha traducido de manera más comprensible lo que dice el original. El verbo puede referirse tanto a toda la congregación como al grupo de profetas y maestros que se mencionan por nombre, pero el hecho es que el ámbito del envío misionero es el culto, la adoración a Dios, la práctica de la espiritualidad.

En la enseñanza apostólica

No sólo en su práctica el apóstol Pablo tenía una evangelización que partía de la adoración, sino que en su enseñanza insiste en la iniciativa divina. En el famoso pasaje sobre la reconciliación, en el cual habla de los predicadores del Evangelio como «embajadores de Jesucristo», y de la obra poderosa que Cristo está operando, haciendo nuevas todas la cosas, afirma con claridad: «Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo, y nos dio el ministerio de la reconciliación» (2 Co 5.11–21). Es decir, todo esto proviene de Dios y los misioneros son sólo siervos de ese propósito salvador de Dios que los mueve, los constriñe, los sostiene.

En realidad, a partir del capítulo 3 de esta Segunda Epístola a los Corintios el texto está empapado de una nota de reverencia y adoración al Señor que precede a la acción del ministro de Dios, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Pacto. Bien lo resume el texto de la versión Dios habla hoy: «Por eso, sabiendo que al Señor hay que tenerle reverencia, procuramos convencer a los hombres» (2 Co 5.11 DHH). En este texto de rica significación misiológica Pablo retoma los elementos que habíamos visto en los relatos de la Gran Comisión en los Evangelios: el sufrimiento, el triunfo de Cristo, la adoración rendida y la comisión al servicio. Es aquí que Pablo usa una expresión que comunica bien la admisión de precariedad por parte del misionero, junto a la sublimidad de la tarea en que está embarcado: «tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros» (2 Co. 7).

El misionero aquí parece empeñado en comunicar la fragilidad, la flaqueza, la precariedad de los instrumentos humanos que Dios usa (2 Co 4.7–12). El contexto de la Epístola muestra que quien recibe esta carta era una iglesia rica que se preciaba de tener grandes predicadores y que disponía de medios económicos más abundantes que las iglesias pobres como las de Macedonia (8.1–7). Pero era una iglesia que necesitaba recuperar un sentido de adoración y santidad y una unidad de propósito para realizar su misión. Pablo por ello insiste en la debilidad de los instrumentos humanos que permite recordar la precedencia del poder divino, porque la verdadera tarea misionera es, humanamente hablando, imposible: «¿quién es competente para semejante tarea?» (2.16). Lleva a la humilde confesión: «No es que nos consideremos competentes en nosotros mismos. Nuestra capacidad viene de Dios.» (3.5)

Algunos principios básicos

Teniendo en cuenta el fundamento bíblico y también las experiencias de la historia cristiana de estos veinte siglos, podemos formular algunos principios que han de servirnos como guía.

Una misión auténtica brota de la adoración.

El Evangelio, que es el mensaje que anuncian los misioneros de Jesucristo, no es invención humana ni es solamente fruto del genio religioso de un pueblo. Es en primer lugar Palabra de Dios que viene al hombre. Es la Palabra de un Dios que se manifiesta y revela su propósito para su criatura humana: la ha creado y la quiere salvar. La existencia de Israel como nación y como realidad histórica en el mundo estaba vinculada al propósito de Dios de bendecir a todas las familias de la tierra. El misterio de la elección de uno es para bendición de muchos. El Dios que llamó a Abraham es el que aparece primero activo poniendo orden en el caos y creando al ser humano, estableciendo un pacto con su criatura a la cual llama a la libertad y a la tarea creativa de completar lo que falta hacer en el mundo: «Él habló y todo fue creado, dio una orden y todo quedó firme» (Sal 33.9); «Él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. De un solo hombre hizo todas las naciones, para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios» (Hch 17.25–26).

Dios llama a Abraham y partiendo de esa familia patriarcal forma un pueblo, pero no aparece en la Biblia como una simple deidad tribal al servicio de los intereses de ese pueblo. Aun en medio de las peripecias históricas más difíciles el propósito universal de Dios y el alcance universal de su amor están siempre presentes en la enseñanza bíblica. Los salmos y los profetas son como un comentario a los eventos de la historia del mundo y de Israel que preparan la venida del Mesías. La revelación de Dios culmina cuando él se acerca al ser humano en Jesucristo, Emanuel: Dios con nosotros; un Dios que revela su grandeza en la creación y su santidad en la Ley, los Profetas y Jesucristo. Lo que cabe al ser humano que escucha esa Palabra y le hace caso es la adoración. Esa es la respuesta reverente y gozosa a la verdad de la Palabra que Dios le envía.

Encontrarse con Dios, como lo vemos desde Adán y Enoc hasta Moisés e Isaías, desde Juan el Bautista hasta Pablo y Juan el vidente de Patmos, es más que una operación puramente intelectual. No se trata de acumular conocimientos nuevos como podría hacerlo una computadora. Se trata de un encuentro personal que nos sacude hasta los cimientos; de una relación que nos hace clamar como Pedro: Apártese de mí Señor porque soy hombre pecador (Lc 5.8 DHH); de una relación que nos hace «quitarnos las sandalias» como Moisés, sobrecogidos por esa extraña mezcla de espanto y temor santo que ni siquiera puede ser apropiadamente descrita por el lenguaje humano.

Hay sorpresa y gozo en la adoración cuando capto con vigor renovado el hecho maravilloso de que la muerte en la cruz fue por mí y para mí, y que ella me abre un camino nuevo al Padre. Tratemos de ponernos en el lugar del hijo pródigo que regresa arrepentido, ensayando un discurso que se le queda en la garganta cuando ve al padre que no sólo lo espera sino que corre hacia él con los brazos abiertos. Nos vemos entonces a nosotros mismos y nos sentimos como el publicano que allá atrás en el templo, ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo sino que decía «¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!» Entendemos entonces a Jesús que nos dice: «No se alegren de que puedan someter a los espíritus, sino alégrense de que sus nombres están escritos en el cielo» (Lc 10.21).

La misión que brota de esa experiencia es auténtica. Es al calor de una adoración así que afirmamos que «no podemos callar lo que hemos visto y oído» y exclamamos con Pablo «ay de mí si no anuncio el Evangelio». Tal evangelización auténtica es muy diferente de una técnica de ventas que se nos impone por la fuerza, creando en nosotros un sentido de culpa o que nos desafía con las falsas metas de engrandecernos a nosotros mismos, a nuestra denominación, nuestra organización, nuestra para-iglesia, nuestro pequeño imperio.

Cuando como pueblo de Dios hemos experimentado nuestro encuentro con Él, cuando Su palabra nos ha sido expuesta con poder y hemos respondido con el «Amén» de himnos, oraciones, silencios o entusiasmos, es entonces cuando de la manera más natural quisiéramos recorrer cualquier camino para anunciar Su palabra a los otros seres humanos. Es un hecho que los más efectivos y entusiastas evangelizadores y misioneros han sido personas acostumbradas al «encuentro con Dios», poseídas por el gozo de la presencia del Señor, trátese de aquellos que han hecho historia como Agustín de Hipona, Francisco de Asís, Raimundo Lulio, Martín Lutero, Francisco Javier, Juan Wesley, Diego Thomson, Francisco Penzotti, o de aquellos creyentes anónimos, hombres y mujeres que hemos conocido en iglesias y misiones de toda América, África, Asia y Europa —esos discípulos cristianos que saben ganar nuevos discípulos sin aspavientos, sin publicidad, sin buscar gloria para sí ni beneficio económico.

La misión que brota de la adoración da toda la gloria a Dios

Cuando nace de una atmósfera de adoración, la misión cristiana busca ante todo la gloria de Dios. Resultan ilustrativas en el relato del Nuevo Testamento las ocasiones en que los misioneros son tentados a beneficiarse con la devoción religiosa de la gente. Así por ejemplo, en el caso de Pedro, el gozo de la nueva fe o el entusiasmo religioso lleva a un centurión a tirarse a sus pies y «rendirle homenaje». Pedro responde de inmediato: «Ponte de pie que sólo soy un hombre como tú» (Hch 10.25–26). En el caso de Pablo y Bernabé en Listra, una multitud entusiasmada quería ofrecerles sacrificios y los apóstoles poseídos de un furor reverente gritaron: «Señores, ¿por qué hacen esto? Nosotros también somos hombres mortales como ustedes» (Hch 14.14–15). Esta prontitud en la reacción refleja el celo por la gloria de Dios que marca al verdadero creyente. Es ese celo que nace, se expresa y crece en la verdadera adoración.

El peligro de una obra misionera que no nace de la adoración es que se torna empresa puramente humana para dar gloria a los hombres, para vender metodologías, para mercadear libros y casetes, para dar trabajo a los especialistas en estadísticas. Entonces la misión deja de ser esa empresa en la cual el gozo, la sorpresa y la expectativa inundan al pueblo de Dios. Circulan por el mundo muchos proyectos de misión o evangelización que son más bien operaciones casi comerciales, que se pueden hacer con frialdad profesional, que se pueden reducir a técnicas tan precisas que ni siquiera hace falta que actúe el Espíritu Santo.

La lección de Isaías, en su encuentro con Dios al cual hicimos referencia antes, es que los labios del evangelista han de ser purificados, y podemos decir que esa purificación no sólo alcanza las palabras sino las intenciones o motivos que hay detrás de ellas. Pablo insiste en su motivación: «Hablamos como hombres a quienes Dios aprobó y les confió el Evangelio: no tratamos de agradar a la gente sino a Dios, que examina nuestro corazón.» (1 Ts 2.4)

Un recorrido por la historia de las misiones muestra cómo cambiaron los modelos de misión a partir de la experiencia constantiniana, es decir, del momento en que la iglesia cristiana se puso al servicio del estado romano por obra de Constantino. Empezaron a depender no del poder de la iniciativa divina sino del poder militar, económico o tecnológico. La misión realizada desde una posición de fuerza humana y de privilegio, es decir «la misión desde arriba», sólo puede purificarse por un constante ejercicio espiritual en el cual el misionero o misionera se hacen vulnerables como Pablo escribiendo a los corintios. Ello ha sido posible cuando ha habido una disposición a la inculturación, a vivir en medio de aquellos a quienes se sirve y compartir su condición humana lo más plenamente posible. Siglo tras siglo ha habido misioneros que han logrado superar la tentación imperialista a depender del poder humano y no del poder de la cruz. Pero lamentablemente siglo tras siglo ha habido también misioneros que han convertido la misión cristiana en una empresa imperial puramente humana.

La Misión que brota de la adoración tiene resultados permanentes

Pasar de las tinieblas a la luz es algo imposible para los seres humanos. Sólo es posible cuando el Espíritu de Dios actúa poderosamente. «Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios» dijo Jesús (Lc 18.26–27). Pablo escribe en términos inconfundibles sobre aquellos que todavía no creen en el Evangelio: «el dios de este mundo los ha hecho ciegos de entendimiento, para que no vean la brillante luz del Evangelio del Cristo glorioso, imagen viva de Dios» (2 Co 4.4 DHH). Y líneas más abajo nos dice que todo el poder del Dios creador que mandó que la luz brotara de la oscuridad es necesario para que la luz de Jesucristo brote en nuestro corazón y podamos conocer a Dios. Evangelizar es pues comunicar este mensaje en el poder del Espíritu Santo, en la esperanza de que Dios actúe con poder y salve. Es decir, es algo muy diferente de vender enciclopedias o convencer a la gente para que se haga miembro de un club. Por eso es que sólo puede hacerse desde una atmósfera de profunda adoración.

El proselitismo superficial que conmueve masas en un estadio o teatro, o que las entretiene en conciertos de rock evangélico no siempre termina en la aparición de discípulos auténticos, que se hacen miembros de una iglesia local y que muestran las marcas de la nueva vida en Cristo. Por la misma razón, la evangelización en el contexto de la iglesia local, donde el evangelizado ve seres humanos como él, que encarnan la vida nueva en medio de las luchas propias de la vida cotidiana, tiene efecto más duradero, se presta menos al engaño y la superficialidad. Y por ello mismo es evangelización que brota de la adoración, del culto, en el cual, como el pueblo de Dios con el salmista, respondemos a Dios con toda nuestra vida. Ello nos obliga a ser mas honestos en la predicación y a confiar más en el poder y los recursos de Dios que en nuestros propios recursos humanos.

Por estas razones, en el caso de la misión transcultural la autenticidad misionera es una empresa a largo plazo. Llegar a conocer a las personas, entender una cultura diferente de la propia, dominar el idioma al punto que se llegue a captar las sutilezas de la conversación coloquial que es la que la gente usa cuando habla con el corazón en la mano, son todas habilidades que requieren tiempo y ciencia. Requiere una inmersión voluntaria y humilde en el mundo del otro para la cual el vocabulario especializado usa la palabra «inculturación». La idea nos remite, sin embargo, al hecho central de la fe cristiana: que en Cristo Jesús Dios se hizo humano, escogió hacerse como uno de nosotros. La palabra clásica del vocabulario cristiano es «encarnación».

Sólo la fe en Dios y la certeza de su llamado sostiene al misionero en los difíciles momentos iniciales de adaptación cultural y en la larga tarea de caminar lado a lado con los discípulos de Cristo en otra cultura. Hoy hay iglesias cristianas en casi todos los rincones del mundo. Es interesante comprobar que en los orígenes de aquellas que han persistido y viven su llamado misionero siempre vamos a encontrar pioneros que se inculturaron y sembraron allí la semilla del Evangelio. Fueron hombres y mujeres poseídos de una clara conciencia de la santidad de Dios, cuya vida misionera partía de un acto continuo de adoración. Y su forma de vivir y servir estaba modelada por el ejemplo de Jesucristo. Eran misioneros y misioneras que seguían en los pasos del Jesús a quien adoraban.

Ideas básicas de este artículo

  1. La misión cristiana es iniciativa divina a la cual el discípulo se suma en obediencia gozosa.
  2. El testimonio de la Gran Comisión en los cuatro evangelios y los Hechos de los Apóstoles da evidencia de que la acción misionera brota de la adoración que nace de contemplar la obra de Cristo en la cruz y experimentar el poder de su resurrección.
  3. El modelo misionero del Antiguo Testamento demuestra que los siervos antes de poder llevar la Palabra de Dios al pueblo tienen su experiencia profunda de adoración seguida de la purificación que viene de ese encuentro con el Dios de santidad.
  4. La experiencia de la iglesia primitiva destaca la atmósfera de culto, adoración, reverencia y obediencia a Dios. También destaca la nota de alegría y entusiasmo gozoso.
  5. Según la enseñanza apostólica se necesita un sentido de adoración y santidad y una unidad de propósito para que la iglesia realice su misión.
  6. Los principios básicos de la misión se resumen en que la misión auténtica brota de la adoración y como consecuencia da gloria a Dios y tiene resultados permanentes.

Preguntas para pensar y dialogar

  1. ¿Cuáles son los elementos que caracterizan a los grandes avivamientos espirituales?
  2. ¿Cómo define el autor la misión cristiana?
  3. Escriba cuáles son los principios básicos de la misión auténtica
  4. ¿Su iglesia basa el ejercicio de la misión en estos principios? Explique.
  5. ¿Qué aspectos específicos debe corregir su iglesia para realizar una misiología auténtica?
  6. ¿Qué pasos específicos debería dar su iglesia para basarse cien por ciento en los principios básicos de la misión auténtica?

©Apuntes Pastorales Volumen XX – Número 1, todos los derechos reservados.
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7 parábolas sobre el reino de los cielos

En este Bosquejo para sermones vemos siete parábolas o misterios sobre “el reino de los cielos”, los cuales son mencionados por Jesús en sus parábolas.

Texto base: Mateo 13

Vs. 1-3  Vs. 3 “Y les habló muchas cosas por parábolas…”

La palabra “parábola” aparece 36 veces en los cuatro Evangelios. En este capítulo Jesús usó esta palabra 14 veces contando las siete parábolas sobre el Reino de Dios.

¿Qué es una Parábola?  “Narración de un acontecimiento, de que se deduce una enseñanza moral.”  En la Biblia Jesús usó las parábolas para enseñar una verdad espiritual usando historias interesantes, objetos comunes y comparaciones con cosas muy conocidas.  Las parábolas fueron usadas para presentar una verdad espiritual dentro de algo conocido, y dejar al oyente poner la aplicación.  De esta manera el oyente tenía más probabilidad de guardar la enseñanza y aprender la lección.

En este capítulo tenemos siete parábolas o misterios (versículo 11) sobre “el reino de los cielos” Vs. 3. Tomando estas siete parábolas en conjunto tenemos la historia de la iglesia desde su principio hasta su fin. Fue Jesús quien inició la iglesia durante su ministerio aquí en la tierra.  “He aquí, el sembrador (Jesús) salió a sembrar” (Vs. 3) hasta su final “al fin del siglo” (Vs. 49).

Aquí tenemos la historia de la iglesia verdadera y de la iglesia falsa.  La iglesia falsa es lo que el mundo conoce por su apariencia (edificios hermosos, catedrales enormes, altares de oro y su entusiasmo por la doctrina falsa).  La iglesia verdadera es llamada el “Cuerpo de Cristo” (Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular. 1 Corintios 12:27); “La congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos” (Hebreos 12:23); La esposa de Cristo “porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado” Apocalipsis 19:7.   Solamente los verdaderos cristianos, los nacidos de nuevo, los que tienen sus nombres escritos en el Libro de la Vida (Apocalipsis 21:7) son parte de la verdadera Iglesia.

1.           La Parábola del Sembrador – Vs. 3-9, 18-23

En esta parábola tenemos el Sembrador que es Cristo y su iglesia (Vs. 3).  La buena semilla es la Palabra de Dios (Vs. 19) siendo sembrada en el campo, el mundo (Vs. 38).  También tenemos cuatro resultados de la siembra, cuatro tipos de oyentes y el resultado.

En versículos 18-23 tenemos la explicación de la parábola y la aplicación.  Vs. 19 habla de la semilla que cayó junto el camino y luego fue comido por las aves (el mundo y sus placeres).  Vs. 20-21.  Esta semilla cayó más distante del camino, pero la tierra no era fértil o profunda.  Es como personas que reciban luego cualquier doctrina, pero por no escudriñar las Escrituras, luego dejan de seguir.  Vs. 22 habla de personas que comienzan y por un tiempo asisten a una iglesia, pero por las preocupaciones de este mundo y sus falsas ofertas de satisfacción carnal, dejan de continuar en su busca de la verdad.  Solamente la semilla que cayó en buena tierra produjo fruto Vrs. 23. “el que oye y entienda la parábola”   Una cosa es oír de Jesús y otra cosa muy diferente de recibir a él como su Salvador personal y ser salvo y ser parte de la verdadera familia de Dios.  Un verdadero cristiano va producir fruto y mostrar al mundo su fe en Cristo.  Jesús dijo en otro lugar:

“Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.  Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado en el fuego.  Así que, por sus frutos los conoceréis.”  Mateo 7:16-20.

2.           La Parábola del Trigo y la Cizaña – Vs. 24-30, 36-43

En esta parábola tenemos el enemigo que es el diablo (Vs. 39) sembrando su semilla en la iglesia.  La semilla que Satanás siembra es de mentira, odio, discordia y divisiones.  Pero la iglesia verdadera aguanta todos estos ataques de Satanás y será victoriosa en el día final.  Jesús dijo,  “edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).  Es interesante notar que la cizaña no consiguió sofocar el trigo igual que Satanás no puede destruir la Iglesia verdadera de Cristo.


3.           La Parábola de la Semilla de Mostaza – Vs. 31-32

Esta parábola da énfasis a la iglesia visible, la iglesia profesante que el mundo conoce por su apariencia externa.  Esta iglesia tenía su comienzo con el nacimiento de Jesús, que no fue percibido por el mundo.  Jesús nació humildemente y por 30 años el mundo no conoció que el Hijo de Dios estaba aquí en la tierra.  Pero como la semilla de mostaza creció hasta ser un árbol, la iglesia ha crecido y se ha expandido por todo el mundo.  En su ramaje, (bajo el nombre cristiano) Satanás ha venido a hacer sus nidos, sus falsas iglesias que profesan ser cristianas, pero por sus prácticas cualquier verdadero cristiano puede reconocer que son falsas.  Los peores crímenes contra la humanidad han sido cometidos por una de estas falsas iglesias que tiene su sede sobre siete montes en Italia (Apoc. 17:9).  Los peores atrocidades contra los verdaderos seguidores de Jesús fueron cometidos por esta iglesia falsa.

4.           La Parábola de la Levadura – Vs. 33

En la Biblia la levadura siempre representa el mal, el pecado, la corrupción, la falsa doctrina (Mateo 16:12).  Note la palabra “escondida”.  El falso siempre busca esconderse dentro de la verdad.  “Todo fue leudado”.  La iglesia falsa va de mal en peor y yo creo que va a continuar después del rapto de la verdadera iglesia (1 Tesalonicenses 4:13-18). Los eventos del Apocalipsis 17 acontecerán durante la Tribulación cuando la verdadera iglesia está en los cielos con Cristo.  Los líderes del mundo van finalmente librarse de esta falsa iglesia cuando ella será destruida. (Apocalipsis 19:16-18)

5.           La Parábola del Tesoro Escondido – Vr. 44

En estas próximas dos parábolas tenemos la iglesia verdadera, la iglesia que es su cuerpo, su novia.  La iglesia de quien Jesús es la cabeza.

“Un tesoro escondido en un campo”  Sabemos que según Vr. 38 “el campo es el mundo”.  En el mundo hay luz, porque los cristianos son “la luz del mundo” (Mateo 5:14), pero la mayoría de las personas no lo encuentran la Luz, porque prefieren quedarse en sus pecados, no queriendo buscar este tesoro.  Pero cuando alguno lo encuentra, lo esconde en su corazón.  Pero este tesoro no puede ser escondido, porque cuando Cristo entra en una vida, hay una transformación interna que se refleja en el rostro y de la vida.

“Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.”  Hechos 6:15

“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús”.         Hechos 4:13

Hace muchos años dos hombres estaban buscando oro en una montaña, y uno de ellos encontró una piedra muy singular.  Partiéndolo, quedó electrizado al ver que contenía oro. Trabajando duramente, pronto los hombres descubrieron una abundancia del precioso metal.  Embargados de gozo, empezaron a gritar contentos: “¡Lo encontramos! ¡Lo encontramos! ¡Somos ricos!”  Pero tuvieron que interrumpir su celebración para ir a una ciudad vecina, y aprovisionarse.  Antes de salir del campamento, acordaron que no dirían nada a nadie acerca de su hallazgo.  Y, desde luego, ni uno de ellos dijo ni una palabra de ello a nadie mientras estuvieron en la ciudad.  Pero, para su sorpresa, vieron cuando estaban dispuestos a retornar a su campamento, que había cientos de hombres dispuestos a seguirles. Cuando preguntaron a la multitud quién era el que había revelado su secreto, vino la respuesta: “Nadie. ¡Vuestras caras lo mostraban!”

“Va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo”  Esta persona no está comprando la salvación, porque ya la encontró.   Ahora quiere poseer todo el campo, todo que el Señor tiene para él.  Está dispuesta a vender todo para seguir a Jesús y cumplir Su voluntad.  Para mi esto representa un cristiano dispuesto a seguir a Jesús, cualquier que sea el costo.  Jesús dijo a un joven que quería seguirlo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme”  Mateo 19:21.

6.           La Parábola de la Perla de Gran Precio – Vs. 45-46

Esta es la segunda parábola sobre la verdadera iglesia.  La salvación es individual, “un hombre”,  “un mercader”.  Los dos vendieron todo para poseer este tesoro.

La renombrada cantante de ópera, la sueca Jenny Lind, fue a Nueva York durante la época culminante de su fama e influencia en el mundo de la música.  Durante su visita, asistió a un servicio en el que predicaba el Pastor Olaf Hedstrom. Al finalizar la reunión, fue a hablar con el ministro, por cuanto sentía la carga de sus pecados pesando sobre ella.  Después de oír acerca de sus problemas, el predicador le presentó las demandas de Cristo.  Jenny Lind lloraba al arrodillarse e invocar el nombre del Señor, y fue gloriosamente salvada.  Hedstrom recibió más tarde varias cartas en las que ella le expresaba su aprecio por la ayuda espiritual que había recibido.  Dijo que había decidido a dejar el teatro definitivamente y para siempre. Esta decisión hizo sensación, y sus admiradores se manifestaron amargamente en contra.  Pero ella se mantuvo firme en su propósito, y se dedicó a seguir metas celestiales.

Un día una amiga halló a la antigua celebridad sentada en la playa con una Biblia abierta en su falda.  Después de haber hablado un cierto tiempo, vino la pregunta inevitable: “A qué se debió que dejaras el escenario precisamente en tu tiempo de mayor fama?”  Estuvo un momento silencioso, y después dijo con profundidad: “Cada día que pasaba, la actividad teatral me hacía pensar menos en mi Biblia, y a duras penas en todo lo que hay más allá de esta vida, así que, ¿qué otro camino podía tomar, más que éste?”

Este tesoro está en el mundo, pero no es del mundo.  Este es un tesoro que solamente los que buscan de corazón, lo encontraron.

7.           La Parábola de la Red – Vs. 47-50

En esta última parábola sobre “el reino de los cielos” tenemos la iglesia verdadera y la iglesia falsa.  La iglesia verdadera dentro la falsa,  las dos en el mundo.  La “red” fue echada en el mar.  Según Isaías 57:20 el mar es el mundo perdido, “Pero los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo.”

Jesús ordenó a su iglesia a lanzar la red en el mar y recoger todos los peces que ella pueda.  El trabajo de la iglesia no es para ser un tribunal que juzga a las personas que quieren entrar en sus puertas.  La iglesia es para toda clase de peces.  El trabajo de la iglesia es para lanzar la red, y tratar de adoctrinar todos los miembros, enseñando las cosas que Jesús ordenó.  Muchas veces un pez para el mundo es muy feo, desagradable y sin ningún valor, pero el poder de Dios puede cambiar el corazón de un hombre y hacerle apto para entrar en el reino de Dios.

Mel Trotter vivía en la ciudad de Chicago pero era un borracho. No conseguía vivir sin el licor y cuando su niñita murió vendió sus zapatos nuevos para comprar la bebida.  Unas semanas después cuando estaba pensando en quitar su vida,  en una noche fría el estaba pasando por las calles de la cuidad y vio una luz y gente cantando.  Un señor en la puerta lo vio e invitó a entrar.  Era un servicio evangélico y cuando se hizo la invitación el fue a la frente y aceptó a Cristo como su Salvador. Su vida se transformó y luego se tornó una nueva persona y dedicó su vida al Señor y se tornó un gran predicador en aquella ciudad por muchos años.

En esta parábola leamos sobre la siega, “al fin del siglo” cuando todos las peces serán recogidos.  Es interesante notar que las peces buenos son recogidos primeros (Vs. 48) como la verdadera iglesia de Cristo será raptada de este mundo antes del fin.  Leamos sobre este evento en 1 Tesalonicenses 4:13-18 y 1 Corintios 15:51-52.  Este evento acontece antes de “la tribulación”. La iglesia falsa continuará por lo menos siete años más, en cuanto la verdadera iglesia está gozando “las bodas del Cordero” en el cielo  (Apocalipsis 19:9-10).

Después vendrá el fin cuando los peces malos son recogidos, y juzgados por el Señor (Vs. 49-50).  Este es conocido como “el juicio del gran trono blanco” (Apocalipsis 20:11-15).  En este evento los malos serán juzgados por sus obras y castigados en el Lago de Fuego, el infierno eterno por toda la eternidad.

Jose Alberto Vega
Ministerios El Punto Cristiano
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